
Foto: Archivo La Nación
La parte de los crímenes (2666), 2004
Roberto Bolaño
Chile
¿Por qué la elección?
Porque La parte de los crímenes es la sobrecogedora narración de una de las más brutales experiencias de violencia contra las mujeres de todo tiempo y lugar. En esta cuarta parte de 2666, Roberto Bolaño (1953-2003) novela los crímenes cometidos contra mujeres en Ciudad Juárez, México, durante la década del noventa. Un minucioso relato, como de expediente policial, se detiene en el espacio en el que es encontrado el cuerpo, en los colores y la textura de la ropa, en la longitud del pelo o en el contenido de un bolso. Después, esta fría enumeración es completada con detalles que le devuelven a la víctima la humanidad y al relato la poesía. La ropa que llevaba puesta, esa que compartía con su hija, como tantas otras cosas; el pelo largo hasta la cintura, ese que según dice su hermana estaba pensando en cortarse; el cuerpo que nadie reclama, como si esa niña hubiera sido invisible hasta que el asesino se fijó en ella para matarla.
Ciento diez veces narra Bolaño el hallazgo de un cuerpo, las circunstancias que lo rodean, o las características físicas de la mujer asesinada. Y lo hace con una aplicación y una insistencia que descartan la reiteración y la uniformidad. En cambio, la indolencia y la desfachatez de quienes tienen en su poder prevenir, investigar y sancionar, esas sí son permanentes, repetidas e idénticas.
Ficha técnica
“En junio murió Emilia Mena Mena. Su cuerpo se encontró en el basurero clandestino cercano a la calle Yucatecos, en dirección a la fábrica de ladrillos Hermanos Corinto. En el informe forense se indica que fue violada, acuchillada y quemada, sin especificar si la causa de la muerte fueron las cuchilladas o las quemaduras, y sin especificar tampoco si en el momento de las quemaduras Emilia Mena Mena ya estaba muerta. En el basurero donde fue encontrada se declaraban constantes incendios, la mayoría voluntarios, otros fortuitos, por lo que no se podía descartar que las calcinaciones de su cuerpo fueran debidas a un fuego de estas características y no a la voluntad del homicida. El basurero no tiene nombre oficial, porque es clandestino, pero sí tiene nombre popular: se llama El Chile. Durante el día no se ve un alma por El Chile ni por los baldíos aledaños que el basurero no tardará en engullir. Por la noche aparecen los que no tienen nada o menos que nada. En México DF los llaman teporochos, pero un teporocho es un señorito vividor, un cínico reflexivo y humorista, comparado con los seres humanos que pululan solitarios o en pareja por El Chile. No son muchos. Hablan una jerga difícil de entender. La policía preparó una redada la noche siguiente al hallazgo del cadáver de Emilia Mena Mena y sólo pudo detener a tres niños que rebuscaban cartones en la basura. Los habitantes nocturnos de El Chile son escasos. Su esperanza de vida, breve. Mueren a lo sumo a los siete meses de transitar por el basurero. Sus hábitos alimenticios y su vida sexual son un misterio. Es probable que hayan olvidado comer y coger. O que la comida y el sexo para ellos ya sea otra cosa, inalcanzable, inexpresable, algo que que da fuera de la acción y la verbalización. Todos, sin excepción, están enfermos. Sacarle la ropa a un cadáver de El Chile equivale a despellejarlo. La población permanece estable: nunca son menos de tres, nunca son más de veinte.”